Departamento de Lengua Española (Campanillas)

Breve reseña de un artículo de Mariano José de Larra: “En este país”

       por Mª Lourdes Marín Carmona

 

1.         Aun hartos, quizá, de tantos centenarios como los que nos ha deparado y depara cada año de este incipiente siglo, las leyes de las efemérides recuerdan que el 24 de marzo de 1809 nació, para engrandecer las letras nacionales, Mariano José de Larra, sin duda el más original prosista de la época romántica española. Durante su corta pero fecunda vida, cultivó la novela histórica, El doncel de don Enrique el doliente ─género de moda, por entonces, y muy del gusto femenino─, el drama romántico, Macías, y la poesía. Sin embargo, su genio creador brilló, a cada trique, en sus artículos publicados bajo distintos seudónimos (Duende, El pobrecito hablador, Bachiller Juan Pérez de Murguía y Fígaro), en los cuales ofrece una visión satírica y burlesca de la España de su tiempo: el periodo de la década ominosa (1823-1833) y la primera guerra carlista (1833-1840).

            Larra no era un observador nostálgico de la realidad nacional, sino un cronista veraz e ingenioso que, a la par que reconocía los tenues avances sociales de la nación y la difusión de las ideas ilustradas entre muchos notables y librepensadores, no escatimaba esfuerzos en denostar los vicios y los males de la patria: su espíritu agudo y refinado contrastaba con la visión complaciente de Ramón de Mesonero Romanos y con el virtuosismo condescendiente de Serafín Estébanez Calderón.

            El alma ilustrada que anidaba en el joven escritor le insufló el deseo de participar activamente en la vida cultural y política de aquellos tiempos tan convulsos; su esmerada educación a la francesa ─diletante, pero sin petulancia─, y su acendrado dandismo le convirtieron en una especie de redivivo arbiter elegantiae, conocedor de las normas del cortejo y también de las mancebías y prostíbulos madrileños.[1]

            Su temprana muerte a los 27 años (suicidio romántico), víctima de la desesperación ante una España inmersa en una guerra fratricida y agravada por sus fracasos amorosos con su esposa Pepita Wetoret y con su amante Dolores Armijo, ha privado a las letras hispanas de una pluma cuya perseverancia hubiese alcanzado las cimas de la perfección y la universalidad.

 

2.         Suelen clasificarse los artículos periodísticos de Larra en costumbristas, políticos y de crítica literaria, a pesar de que, en ocasiones, sea difícil precisar las notas distintivas entre unos y otros; al fin y al cabo, las costumbres y la política se emparientan tanto, diríase, que son las dos caras de una misma moneda.

            El artículo “En este país” fue publicado en La Revista Española el 30 de abril de 1833, unos meses antes de la muerte del infame rey Fernando VII. Como es usanza en la obra periodística de Larra, en el artículo se entremezcla la reflexión sagaz y cultivada con la anécdota casi epigramática: no en vano, la perspicacia ingeniosa y la burla compasiva se hallan en las entrañas de la literatura española, desde el bilbilitano Marcial hasta don Juan Valera, pasando, cómo no, por Miguel de Cervantes y Lope de Vega.

            Pues bien, Larra nos ofrece, tras una breve disertación sobre la fortuna de algunas expresiones y voces del lenguaje vulgar y político (En este país…; ¿Qué quiere usted? ¡En este país!; ¡Cosas de este país!)[2], una semblanza y retrato de uno de estos personajes que pululaban por las ciudades de España: don Periquito, joven pretencioso, erudito a la violeta y petulante, poco instruido y empedernido crítico de las costumbres y usos españoles que, sin saberlo, practicaba y fomentaba en sus propias carnes.

El recorrido que Periquito y Fígaro hacen por los ambientes de Madrid es, a grandes rasgos y salvando las distancias estéticas, como los que hicieron Lazarillo y el ciego, don Quijote y Sancho, Andrenio y Crítilo, o Max Estrella y don Latino de Hispalis: dos visiones complementarias de una misma realidad.

Periquito comienza por justificar que su casa esté hecha una leonera, excusando su mal porque ya se sabe: en este país… Desdeña la tradicional cocina española por sus platos comunes y el chocolate.[3] Menosprecia a otros pretendientes de cargos o carguillos ministeriales, que los obtuvieron por poner más empeño que él o por tener más luces, porque ya se sabe que en este país abundan la intriga, la injusticia y la necedad. Abomina de tantos libros malos como se publican por estos lares; de los periódicos; de que no se lee; de quien escribe; de los viajes por las tierras de España… Censura las obras públicas y la suciedad de las calles por falta de policía y sanidad;[4] y finalmente, vitupera los teatros de la villa y los cafés.[5]

Fígaro (o Larra) acaba el artículo con estas próvidas palabras: “Hagamos más favor o justicia a nuestro país y creámosle capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio y, en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: ¡Cosas de España!, contribuya cada cual a las mejoras posibles. Entonces este país dejará de ser tan mal tratado de los extranjeros, a cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él les damos nosotros mismos el vergonzoso ejemplo”.

Véase el  artículo completo en:

http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12048404229082625209624/index.htm

 


[1] La prostitución madrileña se asentaba, por entonces, en las callejuelas que lindaban con la de Fuencarral y la de Hortalezas, y en el barrio de las Huertas. Un burdel de prestigio era el que regentaba Pepa la Malagueña, al que acudía el mismísimo rey Fernando VII y que también pudo visitar Larra.

[2] Llama la atención que, en los mentideros políticos y periodísticos de nuestros días y desde hace algunas décadas, persiste el uso de esta expresión y de algunas otras similares. Aún se hallan escritos en los que, para referirse a España, se recurre a sintagmas tan prosaicos y anodinos como “en este país” o “por la geografía nacional”. Del uso ponderativo o denigrativo de la expresión “cosas de este país”, aún se encuentran ejemplos en la prensa, en las chácharas populares y entre los políticos de medio pelo, que tienen en sus manos la posibilidad de cambiar las cosas.

[3] Es de suponer que desdeñaría como un plato común la tan celebrada “olla podrida” del comilón Sancho Panza, y que denostaría el chocolate por ser alimento de religiosos y mujeres. La simple promesa de un menú a la francesa o a la inglesa alegraría las pajarillas de tan obtuso Periquito.

[4] Es comúnmente sabido el esfuerzo realizado por los ministros del rey Carlos III por adecentar las calles de Madrid y corregir las costumbres perniciosas de los madrileños (por extensión, de todos los españoles). El Marqués de Esquilache (1708-1785), ilustrado italiano, reformó la villa de Madrid mediante obras de saneamiento y alumbrado, amén de llevar a cabo su moderno trazado urbano. Todos estos cambios eran visibles en la época de Larra, y no les eran ajenos al escritor.

[5] Había dos famosos teatros o corrales, que era su nombre por añadidura: el del Príncipe, al que acudía el bando de los chorizos (al parecer, por un actor llamado Manuel Pimentel quien, mientras complacía a su público, comía chorizos en un entremés; pero como, en cierta ocasión, el encargado de dejárselos en escena lo olvidó, el actor de marras lo vilipendió con tan graciosas ocurrencias y morcillas, que hizo las delicias de los partidarios del corral del Príncipe), y el teatro de la Cruz, a cuyos estrenos acudía el bando de los polacos (por el padre Polaco, asiduo parroquiano del corral). En cuanto a los cafés, eran establecimientos que comenzaban a asomar en la vida madrileña. Años más tardes, gozaron de la presencia de más clientes que las chocolaterías: el café representaba al nuevo régimen liberal, mientras que el chocolate se asociaba con el antiguo régimen absolutista y clerical.

3 comentarios »

  1. ¡Qué buena reseña, que por ser breve es buena nuevamente! Estupendas también las anotaciones…Eres un maestro (en sentido etimológico). Me gustaría saber si puedo usar este material con mis alumnos. Un saludo

    Comentario por Lucía de la Rosa — 20/04/2009 @ 10:46 | Responder

    • Te agradezco las generosas palabras… Por supuesto, el artículo y cualquier otro documento que aparezcan en el blog están a tu entera disposición y a la de tus alumnos.
      Un saludo.

      Comentario por Seminario Lengua — 20/04/2009 @ 14:48 | Responder

  2. Certero, tal como esperaba. Genial la comparación entre la pareja formada por don Periquito y Figaro y tantas otras parejas inmortales de nuestra historia literaria.
    Espero la próxima reseña.

    Comentario por lola paúles — 06/06/2009 @ 18:15 | Responder


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