Departamento de Lengua Española (Campanillas)

Sonetos anotados. V (Gregorio Silvestre)

                                           (Gregorio Silvestre)[1]

                                                   Soneto[2]

 

     ¡Oh luz donde a la luz su luz le viene

y clara claridad que el mundo aclara,

amparo del amparo que me ampara

y bien del sumo bien que más conviene!

     Valor de aquel valor que en sí contiene

de todos el reparo[3] y los repara,

tu cara, de los ángeles tan cara

me dé paz en la paz que el cielo tiene.

     La brasa de tu amor que el alma abrasa,

la llama que tu amor inspira y llama[4]

me sube de mi ser al ser divino,

     que puedo yo, Señor, de casa en casa

de vuelo en vuelo ir, de rama en rama

a donde tu contino sea contino[5].

 


[1] Gregorio Silvestre (Lisboa 1521Granada 1569) fue poeta y un músico excelente. Era hijo de un médico de Juan III de Portugal, que vino a España acompañando a la infanta Isabel, futura esposa de Carlos I. Junto con Castillejo, representa la tendencia tradicional de la poesía española frente a la moda italiana. Cuenta Luis Zapata en una de sus Misceláneas cómo obtuvo este celebrado músico la plaza de organista de Granada: Cansados el Arzobispo y la eclesiástica milicia de oír a los opositores, a punto de marcharse, insistió vivamente Gregorio Silvestre en que lo oyesen tañer. “Vuelven, siéntanse, comienza a tañer, hace tantos monstruos y diferencias que todo el día se estuvieran oyéndole sin comer, que todos dijeron: el órgano es suyo, sin discrepar uno de ellos. Y el que vino con su capa parda, sin pelo, bajó la escalera con ciento y cincuenta mil maravedís de renta cada año.”

[2] Es un soneto de asunto religioso; una especie de plegaria al Creador, simbolizado en la Luz, el Amparo, el Bien sumo, el Valor, la Brasa y la Llama. En el último terceto, el poeta aspira a la contemplación de Dios y a morar eternamente junto a Él.

[3] Uno de los nombres del Hijo es, según Fray Luis de León, Reparo.

[4] El poema es un continuo juego de palabras, como amparo del amparo que me ampara; la brasa de tu amor que el alma abrasa, etcétera. Estos juegos conceptuales son propios de la poesía tradicional española de los siglos XV y XVI, un ejercicio frío e intelectual que contrasta con la serena belleza y contención del poeta italianizante.

[5] Contino: perpetuidad. Úsase primeramente como sustantivo (‘perpetuidad, eternidad’) y luego como adjetivo.

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